23 de enero de 2018

Preso

No se si queda alguien en este mundo... Desde esta isla desierta que siento, no puedo verlos. Confío en que éste, mi último esfuerzo por mostrarme indefenso y vulnerable, pidiendo ayuda, sea escuchado.

He agotado todos los intentos, he sido completamente franco en cada uno. Estoy herido.
Necesito su ayuda para salir de este lugar que me apresó durante años, en el que no voy a negar que he disfrutado algunos momentos, pero que me tiene harto.
Ya no aguanto un segundo, cada paso que doy en esta celda sin muros me quita la respiración. Aprieto mi cabeza, hundo mis ojos, golpeo mi cara, pero cuando levanto de nuevo la mirada sigo aquí encerrado. Hablo y no controlo lo que digo, me escucho a mi mismo y me detesto.

Necesito ayuda, ya no puedo. Si nadie me ayuda con esto temo por mi futuro.
Si, ya se que cuesta no invertir su tiempo en cosas más relevantes, pero para mi esto es lo más importante ahora mismo.
Imagínense en mi lugar: abstraído de todo, pero inmerso en el mundo.

Dejé de contar los días, las horas y los minutos, por lo que la insoportabilidad es segundo a segundo. Necesito que me lean y que hagan algo, que rompan las barreras que sean necesarias y crucen los límites que sean necesarios, pero me encuentren. Prometo que voy a seguir vivo, aunque no se por cuanto tiempo.

Para que se den una idea donde buscarme, vine hasta aquí intentando encontrarme a mi mismo. Queriendo encajar en todos los estándares sociales con los que he convivido. Queriendo estar bien con todo el mundo sin caer en el hastío. Queriendo agradar y ser feliz, enamorarme, tener amigos.
Llegué hasta aquí intentando ser yo lo más que pude, pero desgraciadamente me he perdido.

Necesito que me rescaten ¿alguien me lee?...

Necesito que me saquen de aquí ahora mismo.

No cuesta nada, solo unos minutos de su atención, solo un rato de sus oídos. No voy a negar que cuando me encuentren quizás sea duro contenerme y llevarme de nuevo al inicio, pero estoy dispuesto. Lo juro. Porque ya no resisto estar aquí solo, intentando que todo vaya bien en un abismo.

Necesito putear, necesito quejarme, necesito odiar. Necesito no decir que todo esta bien siempre.
Ya no aguanto más el optimismo.

CS.

9 de octubre de 2016

La celebración

No fue sino anoche mismo que estábamos todos celebrando una despedida repentina y dolorosa. Y no fue sino hasta esta mañana que nos pusimos todos de acuerdo para no desistir de festejar la vida que nos queda, acompañando a la más pequeña de la familia en su primer año de vida.

Irónico el destino como las personas que se dejan habitar por él. Una muerte y un cumpleaños con diferencia de un día. Llantos desconsolados por la noche, que se volvían aplausos y vitoreo de emoción y alegría (un poco impostados al principio, pero genuinos al final) con el correr de las horas.

¿Que nos queda para imaginar si la ficción siempre nos termina quedando chica? Me pregunto.

Por suerte. nos quedan la resiliencia y la entereza para hacerle frente a lo que sea. Porque en definitiva, lo que tenga que ser va a ser y no por ello hay que dejar de celebrar, las cosas buenas que planeemos para hacer más llevadera la existencia.
Que desde que inventaron la rutina, las responsabilidades y las excusas, nos vamos viendo cada vez menos y vamos creando menos y menos anécdotas para no tener que repetir mientras vayamos envejeciendo.

Al menos agradezco y no me quejo, que al menos eso que me dijeron allá por la adolescencia, cuando conocí la amistad: el abrazo en serio nunca falta. En las buenas y en las malas, siempre nos volvemos a juntar.

CS.

2 de octubre de 2016

Feliz cumpleaños

La búsqueda inconsciente de anoche por emborracharme y perder el juicio fue tremenda. Pocas veces tuve tan poco cuidado de mi mismo, sabiendo que en el camino a casa pudiera pasarme cualquier cosa o incluso allí mismo.

Algo me pasaba, mientras bailaba y tomaba y me hacía el que escuchaba las conversaciones a los gritos que tenían mis amigos con gente desonocida. Eran sensaciones de lejanía sensorial con el resto a mi alrededor. Se sentían como estampidas de ganas de tirarme en la cama a llorar. Eran abandonos mentales a la sociabilización que intentaba practicar. Eran canciones tristes que querían que me las pusiera a cantar.

Estaba ajeno, perdiéndome poco a poco en los fondos del lugar o entre la gente más ignorada o en la bebida. Miraba la hora a cada rato. Miraba la salida como alerta ante cualquier mínimo estímulo en contra de mi sensible estabilidad emocional. Miraba el vaso cada vez más vacío y me volvía a preguntar por qué estaba así.

Cuando ya no aguanté más las ganas de dejar de fingir que todo estaba bien, me fui sin siquiera avisar o saludar. Caminé tan despacio hacia la puerta como queriendo arrepentirme de mi decisión, que tardé años en cruzar toda la gente. Descarté el vaso y lo poco que quedaba en él, al suelo mismo mientras salía. Subí las escaleras hasta la calle tratando de no pensar más en lo que me estaba pasando y en controlar las ganas de llorar que habían empezado al emprender el primer escalón.

Pero no fue sino hasta estuve en la vereda y miré la hora en mi teléfono bajo el resguardo de un balcón...

Otro 2 de octubre que vuelve a llover.

CS.